La noche eterna
- Izquierdos Humanos
- 30 dic 2014
- 1 Min. de lectura
El 30 de diciembre de 2004…
Más que abrir una grieta, esa noche se filtró por cada surco e hizo volar por el aire todos los cimientos. Nos dejó patas arriba en una agonía que, sospechamos, todavía no logramos revertir del todo. 194. Y con ellos, una forma de ser joven vio su fin. Ahogo. Una generación mutante asfixiada entre el antes y el después. Queda claro: la adolescencia no era el mejor lugar para veranear ese año. El absurdo nos trepaba por la piel y nos enfermaba de un virus que no tiene cura. Pocas cosas –qué digo – nada tenía sentido. Cuántas descargas cuántas agujas cuántos golpes cuántos temblores. Cómo decir con estas putas teclas lo que se sentía en esa vereda. (Cualquier lugar-común queda chico para hablar de muerte). De horror, de espanto, de dolor. De odio. Una juventud que se cargó en la espalda los escombros de la Sociedad que le soltó las manos y le cerró las puertas. Quizás ya “estaba perdida” desde antes. Los cuerpos, las caras, los sueños destrozados, pisados, vomitados, escupidos. Las lágrimas infinitas se estrellaban contra el suelo con un grito silenciado. Esa calle, esa esquina de confines, ese punto sobre el que se plegaba nuestro mundo y desde el que nos arrojaron al vacío.
Por Nos Digital