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Inteligencia transnacional: la pedagogía Monsanto

  • Por Lucas Paulinovich
  • 8 abr 2015
  • 5 Min. de lectura

La pedagogía Monsanto - Pablo Smerling

“Desde la Universidad generamos un conocimiento que luego nuestros graduados van a necesitar aplicarlo en el terreno de la actividad productiva y este ida y vuelta en la relación con distintas empresas del sector agroalimentario es un proceso que nos enriquece a todos y nos potencia en la tarea de insertarnos en el sistema de ciencia y tecnología”, las palabras son de Carolina Cristina, responsable del Programa de Laboratorios de la UNNOBA, durante el acto con motivo de la donación de Monsanto de equipos de laboratorio para la casa de estudios.

La entrega del material para el desarrollo de investigaciones se dio justo cuando las entidades agropecuarias, los semilleros multiplicadores, organizaciones de agricultores familiares y diversas organizaciones políticas y profesionales denunciaban la entrada en vigencia de la “cláusula Monsanto”, el mecanismo jurídico por el cual la empresa pretende cobrar un canon tecnológico por el uso de las semillas con la tecnología Intacta RR2. Un paso adelante en la campaña por la privatización de las simientes que, en alianza con los grandes semilleros y las exportadoras, Monsanto encabeza.

También durante esos días se conocía el informe de la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (de la Organización Mundial de la Salud) que afirmaba que el glifosato, ingrediente del Roundup de Monsanto, se clasifica como posiblemente cancerígeno para los seres humanos.

Sin embargo, las empresas, a través de subsidios, donaciones y programas de formación, imponen el cuerpo de conocimientos necesario para legitimar y profundizar el modelo productivo que importan: la UNNOBA no es la única beneficiada con los aportes de las multinacionales que hegemonizan la producción agraria y encorsetan la economía argentina, pero por la oportunidad de la donación, se vuelve un caso testigo: la influencia de semilleros y exportadoras (como las mineras en la región cordillerana) va desde las escuelas primarias hasta las grandes casas de estudios, atravesando los medios de comunicación masivos y los clubes sociales.

Es imposible llevar a cabo una política de infiltración tan amplia y estructural sin una ofensiva campaña pedagógica que estimule la formación de cuadros afines a sus técnicas y usos, y desacredite y combata contra aquellos focos de conocimientos que resisten su empellón colonizador.

Formar para emplear

“La vinculación con la UNNOBA no se queda sólo en una donación, sino que tenemos estudiantes que están trabajando tanto en las plantas de Pergamino como de Rojas. Esto es muy importante para nosotros, porque sabemos de la calidad de la formación de estos estudiantes”, decía agradecido Mariano Burgos, líder de Aseguramiento de la Calidad de la empresa Monsanto. Una alegría y entusiasmo científico contrarios a los demostrados en las sucesivas campañas de desprestigio contra investigadores que denunciaban los efectos de los productos comercializados por la empresa, como Andrés Carrasco.

Precisamente, en los últimos días se conoció un reportaje de Natural Society que reproduce declaraciones de William Moar, empleado de Monsanto, en donde confirma la existencia de un departamento encargado de desacreditar los trabajos científicos que se oponen a la expansión de sus productos. Más allá de la conformación específica del área empresarial, queda descubierto el complejo propagandístico de las multinacionales que apunta a validar un saber oficial complementario a sus fines comerciales, desautorizando “la mala ciencia”. WikiLeaks ya había dado cuenta del juego e influencias cuando difundió cables donde se revelaban las presiones que la empresa había ejercido contra el gobierno nacional, a través de conversaciones entre delegados estadounidenses y el entonces secretario de Relaciones Económicas, Alfredo Chiaradía, para la imposición de las regalías sobre las semillas y el afianzamiento de un modelo productivo basado en la concentración, el agotamiento de recursos, la miseria planificada y la dependencia externa.

La ciencia de la invasión

El nuevo orden surgido con el final de la segunda guerra mundial consintió el desarrollo de programas científicos que encaminaran el conocimiento humano hacia formas de apropiación diferenciadas. Se largaba la carrera por el dominio de los saberes y la manipulación de los resultados en una sorda competencia por el expansionismo global. El complejo tecnológico-militar tuvo, entonces, otros desafíos.

Durante los años setenta (década del arribo de la soja a la Argentina) las corporaciones comenzaron a trabajar en la manipulación genética de organismos vivos utilizando el hambre que padecían cientos de millones de personas en todo el mundo como pretexto. Con esa finalidad humanitaria, las grandes empresas pudieron adueñarse de una serie de saberes que facilitaron la introducción en las cadenas productivas de los países dependientes.

El surgimiento de los Organismos Genéticamente Modificados se inscribe en esa estrategia global que unía el interés de los estados de las grandes potencias con las corporaciones multinacionales que iban a la vanguardia de estos desarrollos: quedaban sentadas las bases para la dominación tecnológica de los años venideros. La Gran Ciencia se doblegaba abiertamente a los intereses geopolíticos de los actores globales que pasaban a tener la hegemonía universal: las corporaciones transnacionales.

El nuevo mapa de dependencia

La expansión de la tecnología transgénica (acompañada de una serie de prácticas y formas de organización que le son propias a su esquema de producción) fue furiosa: actualmente, hay alrededor de 1500 millones de hectáreas cultivadas en todo el mundo, 170 millones sembradas con transgénicos, en las que cinco países (Estados Unidos, Brasil, Argentina, Canadá e India) concentran 152 millones.

En la Argentina, la superficie cultivada con soja transgénica pasó de 10 mil hectáreas en 1996/97 a los 20 millones actuales. En ese periodo, el porcentaje de siembra del transgénico de soja pasó del 0,15 al 100 por ciento. Semejante impulso incluyó la búsqueda de nuevas tierras productivas generando un proceso de ampliación de las pampas, que vulneró todo tipo de derechos de los habitantes de las distintas regiones, como del entorno natural y las tradiciones culturales y productivas. De la mano de las nuevas tecnologías se daba una sistemática colonización interna del territorio nacional y, al mismo tiempo, se consolidaba una estructura productiva que aseguraba la dependencia tecnológica con las multinacionales.

La fábula del “hambre cero”, sin embargo, no logró ocultar los resultados efectivos de ese proceso, que lejos de alimentar a las personas hambrientas, se tradujo en la concentración oligopólica de las cadenas de producción, la devastación de la biodiversidad local, el desplazamiento de poblaciones enteras y la destrucción del patrimonio natural de cada uno de los países. Quedaba claro que el aumento de la producción de materias primas y alimentos no se corresponde con una disminución del hambre a nivel mundial sino se acompaña de una reformulación del modo de apropiación del producto: se produjo más para que ganasen más los actores preponderantes en la producción, con el costo agregado del desperdicio de millones de toneladas de alimentos.

Cuadros técnicos para los agronegocios

La situación de encierro generada con la aparición de malezas resistentes que dejan caduco el paquete de agroquímicos estrella (basado en el glifosato, desarrollado por Monsanto, pero ya vuelto genérico), la disminución de los precios internacionales de los productos (sobretodo de la soja), la perdida de fertilidad de los suelos (y por lo tanto, su menor productividad) y la aparición de nuevos actores globales que intervienen en el mismo circuito de penetración productiva (China, principal exportador de glifosato, con sus inversiones en la producción de sus países proveedores) obligó a las multinacionales tradicionales del occidente a replantear su estrategia.

“La ‘desobediencia epistémica’ es la estrategia de guerra descolonial que la humanidad tiene por delante. Especialmente en aquellos espacios del planeta donde la oscuridad es sinónimo de dependencia. Los países sometidos a esta lógica tienen que revisar sus modos de producción de conocimiento, revisando con urgencia las nociones de desarrollo y progreso. Los países centrales deberán examinar su conciencia colonizadora, porque los procesos de resistencia en curso tenderán a profundizarse, y la insistencia en la apuesta globalizadora comienza a ser suicida”, decía el propio Carrasco en una nota publicada en revista Crisis de diciembre.

La llegada al mercado de las nuevas semillas que acumulan modificaciones genéticas que prometen aumentos de productividad y exigen el tratamiento de otros herbicidas, se acomoda entre esos acontecimientos que ordenan el nuevo mapa. Preparar y estimular a los profesionales que sostengan ese armado, es una decisión prudente.

 
 
 
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