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Mal formados

  • Por Colectivo lavaca
  • 14 jul 2015
  • 7 Min. de lectura

Napenay, CHACO,  ARGENTINA - NOVIEMBRE 2012: Sebastián, 14, frente a su casa. Él sufre de hidrocefalia y mielomeningocele. Su abuela, Matrona, es la matriarca de la familia. Vive con su abuelo, sus tíos y su primo Matías, completamente rodeado de cultivos que están constantemente  fumigados con glifosato y metamidofos calibre 25, un producto químico a base de fósforo prohibido por la Convención de Estocolmo. La comunidad Napenay está constantemente afectada por la pulverización de agroquímicos desde aviones y máquinas que no cumplen con la legislación vigente, y actúan con total impunidad y con el consentimiento de las autoridades de la pulverización. Los productos utilizados para la fumigación son glifosato, 2,4 D, endosulfán y  clorpirifos. -  Álvaro Ybarra Zavala / Reportaje by Getty Images)

MARÍA DEL CARMEN SEVESO, MÉDICA CHAQUEÑA

Investigó la relación entre las enfermedades que afectaban a las embarazadas, los bebés que nacían con malformaciones y los agrotóxicos. Los resultados son para ella las pruebas que acusan a los responsables de mirar para otro lado. Qué encontró y qué reclama.

Viene de un lugar llamado Re­sistencia, con un pendrive re­pleto de fotos de bebés nacidos con malformaciones, órganos fuera de lugar, caras defor­mes, narices enormes, ojos imperceptibles, pies torcidos. “Más que fotos, son pruebas”, apunta con tono inquisidor hacia los responsables de seguir las puntas de este ovillo que hil­vanaron médicos de distintos puntos del país, entre quienes ella se ha erigido como referente. “¿Quién va a pagar por esto?”, pregunta señalando esas dolorosas fotografías.

La doctora María del Carmen Seveso mostrará estas pruebas en una de las con­ferencias del Congreso de Ciencia Digna, y luego se quedará charlando con la doctora Delia Aiassa, de la Universidad Nacional de Río Cuarto, especialista en investigar el daño genético que produce la exposición a agrotóxicos. Están planeando algo concre­to: conectar las imágenes con la evidencia científica.

Esa foto que las mostraría a ellas coor­dinando sus trabajos -y que no estará nun­ca en ningún pendrive ni diario ni nada- es otra prueba: la de cómo se construye la ciencia digna en tiempos indignos.

Los síntomas

Seveso es médica especialista en Terapia Intensiva y en Terapéutica Farmacológica, entre otras cosas, y siempre trabajó con adultos. Primero en el servicio de terapia intensiva del Hospital Ferrando, en Resistencia. Luego se radicó en Presidencia Roque Sáenz Peña (segunda ciudad más poblada del Chaco), donde di­rigió el Servicio de Terapia del Hospital 4 de Junio, del cual actualmente es miembro del Comité de Bioética. Además, integra el Consejo de Bioética de la provincia del Chaco y forma parte de la Red de Salud Po­pular doctor Ramón Carrillo, una organi­zación que desde hace años acompaña el reclamo de los pueblos fumigados.

Su caso es similar al de otros profesiona­les de la salud con las antenas paradas: una médica intensivista que empezó a notar co­sas raras. “Insuficiencias renales, deformi­dades físicas, y después los cánceres - enu­mera-. Recibía personas que tenían enfermedades gravísimas: unos entraban en coma, otros con insuficiencia respirato­ria, y no tenían un diagnóstico, pero la en­fermedad había evolucionado muy rápida­mente. ¿Qué estaba pasando entonces? Había algo que aceleraba los procesos”.

Seveso comenzó una investigación dig­na de cualquier serie norteamericana, con las herramientas que tenía a mano: recu­rrió al sistema de datos del servicio de te­rapia intensiva del Hospital 4 de Junio (centro de salud pública de referencia de la mitad de la población del interior del Cha­co) para ver qué decían esos números. Cuenta:

• “En la base de datos de pacientes inter­nados se registraba un número impor­tante de mujeres con patología del em­barazo y puerperio”.

• “Predominaban las que tenían complicaciones graves derivadas de la hiper­tensión inducida por el embarazo”.

• “En el año 2007 aumentaron en tal magnitud que igualaron a la suma de los últimos 5 años anteriores. En ese año la siembra de soja transgénica fue la más importante y así también las fu­migaciones”.

• “Comenzamos a sospechar que había una relación, al igual que con otras en­fermedades como cáncer en personas más jóvenes y con evolución tórpida, enfermedades neurológicas, respirato­rias, etc.”

• “En ese momento nos acercan la esta­dística de neonatos con malformacio­nes que provienen de la misma región y que triplicaban los datos de otros servi­cios de zonas no fumigadas”.

• En la actualidad, dice, la multiplicación es mayor.

• Según los parámetros de la normalidad, el 10% de las mujeres embarazadas puede tener esta problemática. En el Hospital 4 de Junio, “de 10 que llegaban a Tocoginecología, 4 eran casos con hi­pertensión inducida por el embarazo”. Es decir, el 40 por ciento.

Seveso cuenta que la hipertensión durante el embarazo es una enfermedad sistémica, que enferma a los vasos y afecta a todos los órganos, y que produce nacimientos de bebés en condiciones críticas: neonatos con bajo peso, puede haber desprendi­miento de placentas, corre riesgo la vida de la madre y el niño.

Ir al campo

Hay que imaginarse a María del Car­men Seveso, metro cincuenta de estatura, andando por los pueblos del interior del Chaco, visitando los lugares de donde llegaban sus pacientes enfer­mos para atar los cabos sueltos: “Se suma­ba a nuestra sospecha que en los pueblos, cuando hablábamos con el personal de sa­lud -entre ellos médicos, agentes sanita­rios- nos decían que el problema que te­nían era que las embarazadas presentaban hipertensión”. Es decir, la tendencia que notaban en el hospital también la constató en los lugares que visitaba.

¿Cómo comprobar si esa tendencia es­taba relacionada con los agrotóxicos? No contaban con laboratorios. “Justo en ese momento nos llega un informe de una in­vestigación realizada en Colombia por el doctor Faime Altamar Ríos que mencio­naba que los herbicidas que se utilizan actualmente provocan los mismos cambios endócrinos y hormonales que se describen en estos embarazos”.

Eureka.

Discapacidad transgénica

Luego llegaron las evidencias cientí­ficas. "Hasta entonces no había muchas investigaciones publica­das, pero luego se pudo acceder a publica­ciones de todas partes del mundo y de nues­tro país que informan sobre investigaciones que demuestran que todos estos productos biocidas son los responsables del cambio en el número de autismo, obesidad, problemas de aprendizaje”, dice Seveso.

María del Carmen Seveso - Julieta Colomer

Su conclusión es contundente: “Todo esto nos hace pensar que ya no tenemos que preguntarnos si estas enfermedades son causadas por el envenenamiento del medio ambiente y la calidad de la alimen­tación, sino al revés: tendríamos que preguntarnos qué enfermedad no es causada por esto”.

Otro dato escalofriante: la doctora Seveso conecta la cantidad alarmante de es­cuelas para jóvenes discapacitados que hay en Chaco con esta exposición crónica a los biocidas, término que refiere al paquete de semillas transgénicas y agrotóxicos.

En la actualidad son cuarenta las escue­las públicas, distribuidas en distintas localidades, y en las ciudades más grandes hay muchas más instituciones privadas. “Donde yo vivo, con una población de 89.800 habitantes hay aproximadamente 7 escuelas privadas y concentran una matrícula de 700 niños con capacidades dife­rentes”, cuenta Seveso.

Y razona: “Si conectamos este dato al nuevo modelo de siembra, se entiende por qué hace 10 años la cifra de matriculados, en Sáenz Peña y en ese tipo de escuelas, era sólo de 100. Es decir, 7 veces menor”.

Concluye con otro dato clave: “Ios niños provienen de zonas fumigadas, prácti­camente sin excepción”.

El mapa del cáncer

Durante el 2011 la doctora Seveso formó parte de un equipo de inves­tigación encabezado por Mirla Li­liana Ramírez, geógrafa, encargado de re­levar las condiciones epidemiológicas de los departamentos de Bermejo, Indepen­dencia y Tapenagá, de la provincia del Chaco. Los resultados son contundentes:

• En la localidad de Napenay (1.960 habi­tantes) el 38,9% declaró haber tenido en los últimos 10 años algún familiar con cáncer.

• En Avia Terai (5.446) el porcentaje era de 31,3%.

• En La Leonesa (8.420), el 27,4% tuvo un familiar con cáncer.

• En Campo Largo, el 29,8%.

• En otros pueblos testigos que fueron encuestados y que son ganaderos -Charadai y Cotelai- las respuestas positivas bajaron: sólo el 5 y el 3 %.

El informe también resaltaba el “alto gra­do de inequidad” observado al analizar la exposición a los agrotóxicos: “Se observa una exposición desigual en los residentes de las zonas rurales y urbanas, en los dife­rentes estratos económicos de las zonas urbanas, entre los hombres y las mujeres, y los trabajadores del sector formal e in­formal; y en particular, los niños y los an­cianos”.

Discapacidad transgénica - lavaca.org

Seveso lo traduce a la realidad chaqueña: “Hay mucha gente muy pobre. La ma­yoría no tiene agua potable y se abastecen de los pozos y de aljibes, que es agua con­taminada con agrotóxicos. Bañan a los be­bés con esa agua, y la toman, porque no tienen ni para comprar un bidón. Son los más vulnerables”, reitera.

Lo insostenible

El diagnóstico de la doctora Seveso culmina en un razonamiento ele­mental, básico a toda ciencia: “En un sistema sano todo está regulado Es un tipo de sistema que, cuando hay una disrupción, funciona mal. Es como cuando vos alterás algo del sistema operativo de una computadora: se para, o se cuelga, o se te mete un virus. En síntesis: funciona mal En un sistema de equilibrio perfecto, este tipo de alteraciones que representan los biotóxicos logran romperlo, porque son disruptivas. Los venenos estos, todos, son productos diseñados para matar la vida”

¿En qué etapa estamos ahora?

Estamos en una etapa en que la difusión está: la gente sabe de qué estamos hablan­do. Los políticos también. Entonces, cuan­do haya necesariamente un cambio por lo insostenible de este discurso, ellos van a ser solidariamente responsables por su negligencia. Esto recién empieza. Van a tener que pagar. Me duele mucho que los organismos de derechos humanos no asu­man esto como una transgresión a esos derechos, en su máxima expresión: están dañando el territorio, la genética y el futu­ro. Y sí no hacemos algo, va a ser cada vez peor. Porque en el futuro van a venir nue­vas biotecnologías y nos va a resultar muy difícil identificarlas Y hasta que eso ocu­rra ya habrán hecho aún más daño; ten­dremos que empezar a investigar de nue­vo. ¿Viste esas películas de la devastación? Va a ser así algo así.

En medio de esta postal desoladora, ¿qué representa la ciencia digna?

No me considero científica. Yo soy de trin­chera, trabajé con lo que muestran los pa­cientes y fui al lugar donde se enfermaban para entender qué pasaba. Creo que la ciencia digna es eso: tratar de explicar que pasó y que pasa con la sociedad en el mo­mento en que te toca actuar.

¿Es posible que la ciencia hoy juegue ese rol?

Te tendría que definir primero a la otra ciencia: la ciencia adicta al poder, la cien­cia hegemónica que siempre dijo lo que al poder le interesaba que diga, la ciencia al servicio de las corporaciones, siempre con la complicidad de los Estados. Las universidades públicas investigan hoy con fondos de Monsanto y de las farma­céuticas. ¿A quién le sirve eso? Creo que la ciencia digna es Andrés Carrasco, que in­vestigó y descubrió al monstruo: el glifosato. Lo dijo públicamente y murió pe­leando por eso. Y quizás sea un poco ese nuestro destino: pelear hasta morir, por­que ya somos grandes.

* Publicado originalmente en Mu, el periódico de lavaca

 
 
 
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