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Componiendo la matanza


Julio Popper posa junto con otros tres individuos en las planicies de Tierra del Fuego. Los tres acompañantes miran al horizonte, mientras el ingeniero rumano, -uno de los más tristemente célebres genocidas de los pueblos originarios del sur austral- observa con rifle en mano, a un varón selk'nam que yace muerto y desnudo con su arco y flechas aún entre las manos.

Dicen que con la Campaña del Desierto no fue suficiente. También la Fiebre del Oro llevó a estancieros y aventureros al sur de la Patagonia. Popper, un joven rumano de origen judío e ingeniero en minas con amplia trayectoria, llegó a Buenos Aires en 1885. Julio Argentino Roca ya había regresado a Buenos Aires y disfrutaba del éxito de su “expedición” por Río Negro. En 1886, Popper ya estaba encargado de cazar indios para liberar el terreno de lo que hoy es Santa Cruz y Tierra del Fuego. Los originarios que no murieron luchando, lo hicieron por las nuevas enfermedades llegadas con los colonos.

El siglo de las luces europeo llegaba a nuestro continente con todos sus aditamentos. Fotógrafos profesionales acompañaban las expediciones para registrar el “avance de la civilización” con negativos de vidrio y pesadas cámaras. Mientras las fotos que Roca encargó a Antonio Pozzo durante el genocidio a su mando muestran a soldados e indígenas ordenados en filas delante de la inmensidad de la llanura “desierta”; el osado ingeniero rumano (nacionalizado argentino) se tomó el tiempo de posar junto a sus muertos.

Los indios no eran ya dominables o estudiables en los museos de la capital bonaerense, sino que eran el obstáculo para la realización extractivista de los dueños del Sur. En un álbum fotográfico que hoy se encuentra en el Museo del Fin del Mundo en Ushuaia, secuencias de la cacería parecen instantes en movimiento de estos conquistadores.

Pero pensemos un rato más. Hoy en día, con un celular, podemos registrar un instante de violencia a nuestro alrededor con amplia fidelidad. ¿Pero cómo era en aquel entonces? Los tiempos de exposición a la luz que aquellos negativos necesitaban para imprimir una imagen, excedían la velocidad de una persecución entre seres humanos. ¿Tiene sentido imaginar al fotógrafo corriendo tras la sombra de los rifles? No, decididamente no. En 1887 éstas fotos fueron posadas, deliberadas, el cuerpo muerto fue ubicado en lugares elegidos para la composición que muestran a un occidental civilizado por sobre aquella barbarie inútil para su proyecto personal. Estas fotos hoy denuncian lo que en aquel entonces se enunciaba como proeza nacional: conquistar y poblar el desierto. Desierto de blancos, pero no de poblaciones humanas.

¿Quiénes fueron los bárbaros entonces?

Este decálogo de morbosidad fue impreso y ordenado en un álbum que Popper secuenció personalmente y en el que escribió el relato de su travesía en nombre de la ciencia. Luego lo regaló personalmente al entonces Presidente de la Nación Miguel Ángel Juárez Celman, concuñado y seguidor de Roca. Todos amigos, con álbumes para compartir a la hora del té.

* Las fotos de las cacerías de Popper, de autor desconocido, hoy pueden verse en el Museo del Fin del Mundo, Ushuaia. Las fotos de Antonio Pozzo, fotógrafo personal de Julio A. Roca se encuentran en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro.

** Publicado originalmente en La tinta

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